Cómo ser tradu-legal y no morir en el intento (II) o por qué somos Robin Hood

Vamos hoy con la segunda parte de la entrada anterior, y es momento de abordar una cuestión un tanto peliaguda para todos los trabajadores autónomos. Bueno, en realidad es un tema poco agradable para autónomos y no autónomos, pero ya sabéis lo que dice el artículo 6 del Código Civil: el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento. Así que vamos a aprender un poquito sobre el tema. Es bastante importante para nosotros, los traductores, que tengamos claro los impuestos que debemos aplicar y los que, posteriormente, deberemos devolver a Hacienda. ¡¡Recordad que no queremos problemas con el fiasco… digo, con el fisco!!

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Eso será enseguida, pero antes vamos a ver qué partes debe tener una factura. Así lo veréis todo más claro.

La parte informativa de las facturas es sencilla, contiene tanto los datos de nuestro cliente como los nuestros. Los datos que deben aparecer obligatoriamente para ambos son:

  • Nombre.
  • Dirección.
  • NIF/CIF.
  • Teléfono, página web, fax y correo electrónico (opcionales).

En mi caso, pongo los datos de los clientes en la parte de arriba a la izquierda y los míos justo al lado, en la parte de arriba de la factura, pero a la derecha. A mi me gusta poner también todos los datos de contacto, aunque no sean legalmente necesarios, por dos motivos: primero, porque es una forma de no perder los datos de los clientes y, segundo, porque es una forma de que tus clientes no pierdan los tuyos.

El siguiente apartado de nuestras facturas es el económico. Aquí tenemos que especificar lo siguiente (a poder ser en una tablita hecha con Excel, que os hace los cálculos él solito una vez configurado). Cada uno en una columna:

  • Concepto (por ejemplo: Traducción Texto ES > EN).
  • Nº de palabras.
  • Tarifa/palabra
  • Coste parcial (es decir, el coste de cada concepto antes de añadirle los impuestos).

Debajo de esta tabla viene lo gordo, los impuestos que debemos descontar y añadir en cada factura. Yo os aconsejo que primero pongáis una fila de subtotal para que veáis claramente vuestra base imponible. Debajo del subtotal debéis añadir una fila en la que restéis el porcentaje del IRPF (el porcentaje no es igual para todos ni se aplica siempre, pero esto va para el próximo post). En la siguiente fila tenéis que sumar el IVA, que hasta nueva orden está al 21% y, por último, añadiremos el total con todas estas modificaciones hechas. Ese total es lo que cobraréis.

Para acabar nuestra factura, pondremos al final (aunque no por ello es lo menos importante) nuestros datos de cobro (cuenta bancaria, PayPal o lo que cada uno quiera). Yo también añado el plazo máximo en el que quisiera cobrar la factura, más que nada para que no se duerman en los laureles y para no tener que andar reclamando después.

Ay… impuestos, impuestos. Ha llegado el momento de dar respuesta a esa pregunta: ¿por qué?¿por qué tengo que dejar escapar un buen pellizco de mis facturas? Pues no seáis pillines, el total de la factura no es todo nuestro. Ese 21% lo tenemos que devolver a Hacienda porque los trabajadores autónomos somos recaudadores de impuestos. Es decir, como Robin Hood, pero al revés… Lo sé, así nadie nos va a querer, pero no nos queda otra, compañeros freelance.

¿Cuándo y cómo?

De todo esto se deduce que hay dos impuestos que pagar: el IVA y el IRPF.

Os voy a dar una alegría. El IRPF (en caso de tener que aplicarlo) lo pagará vuestro cliente por vosotros (recordad que los supuestos del IRPF van para la próxima entrada).

El IVA sí es cosa nuestra. Lo tendremos que ingresar en Hacienda trimestralmente. Debemos llevar un control del IVA que recaudamos en cada factura para, del 1 al 20 de abril, julio, octubre y enero (para enero se alarga unos pocos días más el plazo), descargar el modelo 303, rellenarlo y entregarlo en Hacienda o en una de las entidades colaboradoras.

De momento os dejo digiriendo todo esto. Si alguien quiere añadir algo o aportar algún consejo será muy bien recibido.

¡Felices traducciones!

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